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Hijo de Dios e Hijo del hombre (Lucas 1:34-35)

“Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto, puesto que soy virgen? Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo Niño que nacerá será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:34-35)

Aquí comenzó la salvación de la humanidad. Todos los descendientes de Adán hemos heredado el pecado, lo cual nos aleja de Dios; pero Dios nunca nos dejó de amar y por eso siempre quiso reconciliarnos con Él. No obstante, Su intachable justicia y Su inmaculada santidad le hacía imposible tener comunión con pecadores, y a la humanidad se le hacía imposible cumplir Sus justos requisitos. Ante este escenario era imprescindible un Mediador que pudiera reconciliar a la humanidad con Dios. Para ello debía estar en plena comunión con Dios, a la vez que estar muy familiarizado con la humanidad; y este doble requisito sólo se cumpliría en una persona: Jesucristo. En efecto, nadie tiene tan estrecha comunión con Dios como Jesucristo, el Hijo unigénito que “estaba en el principio con Dios”. Pero también supo lo que es ser y vivir como hombre, porque al nacer “de mujer” (Gál 4:4) pudo referirse a sí mismo como “Hijo del hombre”; es decir, Hijo de la humanidad; lo que le hizo experimentar en su persona todo tipo de circunstancias humanas. Por tanto, Jesús ha sido el único que pudo llamarse tanto “Hijo de Dios” (Jn 3:18) como “Hijo del hombre” (Mt 8:20), siendo el único Mediador entre Dios y los hombres.

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